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lunes, 12 de enero de 2009

PIÉLAGO.

A Poe

Lacerada el alma
Comienza el descenso,
Perdida en las aguas
Del Maelström eterno.

Corrientes furiosas
Arrastran su miedo,
A una oscura sima
De dolor obsceno.

Que pueda el olvido
Cerrar sus heridas,
Fuere incierto alivio
En su larga caída.

Pues en su camino
De angustia infinita,
Sólo horror y gritos
Recuerdan su vida.






















martes, 22 de abril de 2008

A SUS ETÉREAS DEIDADES.

Vibran en el Aire alas de piedra,
confusas gárgolas que en su seno anidan
a hijos de un dolor eterno llenos.

Arden en el Mar fuegos sin luz,
que espurios dioses en su fondo anhelan
transidos de amor y en horror envueltos.

Vuelan bajo Tierra estúpidos diablos
y en su ciega búsqueda de calor y Gloria,
buscan en sí mismos lo extraño y lo abyecto.

Ilícitos afanes esperan sin dueño,
pues vástagos oscuros sueñan ser
Aire, Agua,Tierra y Fuego, al tiempo.


A Mariló.

martes, 4 de marzo de 2008

ALREDEDOR DE "SOY LEYENDA".


Aprovecho que vuelve a estar de actualidad gracias a la adaptación cinematográfica protagonizada por Will Smith (que aún no he visto, por cierto), para reivindicar el status de obra maestra que le corresponde por derecho propio a la obra de Richard Matheson. Justamente reconocido como uno de los autores de literatura fantástica más influyentes del siglo XX, su peso como clásico indiscutible ya estaría sobradamente justificado por libros como "El hombre menguante" (que dio lugar al maravilloso film de Jack Arnold), "La casa infernal" o "El último escalón". Fue además autor de innumerables guiones de cine o televisión que le hicieron popular en los años 60 y 70, entre ellos el de "El Diablo sobre ruedas", de Spielberg. Sin embargo, en mi opinión, la novela "Soy Leyenda" publicada en 1954, convirtió al autor de Brooklyn en algo más que un buen escritor de encargo.
Obra fundacional del subgénero Zombie moderno (George A. Romero se inspiró directamente en ella para crear su ópera prima), es la historia del último superviviente de una pandemia a escala mundial que convierte a todo la población en una suerte de bebedores de sangre. Su reformulación absoluta del mito vampírico pasa por la destrucción sistemática de todos sus estilemas (su origen religioso, los ajos, las estacas de madera o la luz del sol como elementos disuasorios o directamente mortales...), a través de una explicación racional y científica del mismo. La peripecia de Robert Neville se nos presenta (del mismo modo que en otras muchas creaciones afines a la ficción sobrenatural o de anticipación) más como acertada metáfora y precisa reflexión sobre el ser humano y sus contradicciones morales, que como el típico relato pulp de aventuras. El miedo a lo diferente, la intolerancia, la incomunicación (y la necesidad de compañía), el gregarismo (con sus pros y sus contras) o la violencia inherente a nuestra especie, son temas que gravitan en todo momento a lo largo de este "survival-horror" elevado a la categoría de arte. Inmediatamente nos sentimos identificados con un protagonista que pasa por practicamente todos los estados de ánimo posibles, de la depresión y el autodesprecio a un optimismo que roza la locura. Por eso, cuando llegamos al final, y Matheson nos golpea de forma inmisericorde con uno de los desenlaces más tristes de la historia de la literatura, lo sentimos realmente como una agresión directa. Es entonces cuando descubrimos que, en el fondo, todos somos al tiempo un poco Neville y un poco vampiros. Y eso es, precisamente, lo que en realidad nos da más miedo.

jueves, 24 de enero de 2008

FINAL FELIZ.



I

Coloqué con trabajosa dificultad la última grapa sobre su ojo derecho. El chasquido no sonó tan fuerte como los anteriores, sin embargo el gemido fue en esta ocasión mucho más perceptible. Fue entonces cuando empecé a sentirme incómodo con el sudor que resbalaba por mi sien y se introducía por mi boca, mezclándose con las salpicaduras de sangre. Las grapas en sus labios no podían impedir un ronroneo casi inaudible de súplica que comenzaba a producirme un leve dolor de cabeza. Quizás fue este insignificante detalle el que hizo que pensara que ya lo había alargado demasiado. El enorme cuchillo de cocina relampagueó con cegadora intensidad sobre mi cabeza, refractando hacía la pared contigua la luz que penetraba por las estrechas rendijas de la persiana. Un segundo después el crujido reventando la caja torácica me recordó que acababa de matar a alguien. Permanecí en estado de shock durante unos veinte minutos y luego me desplomé, agotado, sobre las tibias tablas del suelo de parqué.

II

Mi grito hizo añicos el silencio de la noche. Sudaba copiosamente, pero no había ni rastro de sangre, ni cuerpo, ni cuchillo. Sólo mi habitación permanecía real, inalterable, en medio de la más absoluta obscuridad. Me toqué la cara para comprobar que, en efecto, estaba despierto. Otra vez la misma pesadilla, vívida hasta en sus más mínimos detalles, y el mismo agónico despertar entre estertores al llegar a su zenit, a su orgiástico final de horror y muerte. Puntual, como cada noche durante las tres últimas semanas, aquella visión me había torturado de un modo metódico, casi matemático, jugando con mi cordura en un constante "tour de force". Como en anteriores ocasiones, me repetí una y otra vez que sólo era un sueño. Una piadosa somnolencia se apoderó de mí al cabo de un período indeterminado de tiempo, enviándome de regreso a los dominios de Morfeo.

III

El despertador me sobresaltó a las siete en punto. ¿Cuánto había dormido desde que me despertara de madrugada? Encendí la luz a tientas, con los ojos a medio abrir y aún embotados, y abrí la boca en una mueca desencajada. No fui capaz de articular sonido alguno, aunque mis cuerdas vocales pugnaban por pronunciar algo parecido a un NO. Todo empezó a dar vueltas a mi alrededor ante el espectáculo dantesco que me rodeaba. El cuerpo horriblemente mutilado, el cuchillo, el parqué encharcado de una sangre espesa y negruzca. Todo estaba allí ahora, recordándome, otra vez, que yo era un asesino, una bestia capaz de las mayores atrocidades. Entonces lo entendí todo. Algo se iluminó dentro mí y pude ver la verdad, clara y meridiana, que hasta ese momento había sido velada por mi bienintencionado subconsciente. Salté por encima del cadáver y me dirigí a la cocina en busca de los utensilios de limpieza y, en ese breve trayecto, me sorprendí a mí mismo tarareando "Canta y sé feliz" de Peret.


















martes, 21 de agosto de 2007

FESTÍN.




Ciudad.
Agosto.
39,5º C.
Las calles aullan
con rabia inflamada.
Ardor.
Hambre.
Piernas escabulléndose
entre los parachoques.
Miles de klaxxons
llamándose entre sí,
reclamándose, necesitándose.
Ocurre.
Gritos elevándose al cielo ponzoñoso,
como mercurio.
Huesos, cartílagos, músculos.
Asfalto relleno con vida.
Metal glotón manchado de rojo.
Saciedad.
Espero.
Ya ruge la escalera.
Silencio y digestión.
Ciudad.
Agosto.
39,5 º C.